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lunes, 29 de junio de 2009

EL INGREDIENTE PRINCIPAL


Entre todos los platos típicos que existen en El Salvador, mi país de origen, el mango es uno de mis favoritos. Muchas personas que hacen este platío para semana santa tienen esa habilidad que envidiaré toda mi vida, porque para mí este plato dulce es uno de los excelentes manjares que he probado. Hay varias formas de prepararlo, pero pocas personas lo hacen como mi mamá.

Pienso que el amor es el ingrediente principal para preparar cualquier comida. Si analizamos bien, nos daremos cuenta de que hacer mango en miel no es una comida típica difícil de preparar .Como diría mi madre: “Solamente necesitamos los ingredientes exactos”. Mis hermanas y yo siempre pedimos a mi mamá que complazca nuestro delicado gusto por lo dulce. Puesto que para nosotras, pascua sin mango en miel no es pascua.

Como ya sabemos, la Semana Santa culmina con Domingo de Resurrección y esta es la fecha perfecta para disfrutar lo dulce de la vida, en este día invitamos a la familia a mi casa para pasar un momento ameno y compartir entre todos los platíos de mis tías: las torrejas con canela de mi tía Ligia, el camote en miel de mi tía Samar, las canoas de mi tía Mónica y las deliciosas crepas con caramelo de mi tía Marielena. Todos opinan que mi mamá obtiene el primer lugar con su delicioso mango en miel.

Sin embargo, debo admitir que cada quien cocina con su propio amor y delicadeza pues la ocasión lo amerita. En nuestra familia esta costumbre se ha convertido en algo agradable en Semana Santa. Todos disfrutamos tanto de la comida como de las historias que cuenta mi abuela en la cocina, cuando preparamos los platos con las recetas especiales que van de generación en generación.

Tal vez, mis nietos hereden esta costumbre por degustar en fechas especiales comidas como estas, pues lo dulce de los platíos llega al corazón del que lo prueba. Siempre he pensado que necesitamos todos los ingredientes indicados y poner un poco de nuestra esencia para que los demás degusten del sabor inigualable de la comida típica. Pero sin duda no debe faltar el ingrediente principal: el amor.

LA CAJA MÁGICA

Es en esta casa, donde he vivido un largo año, tengo un espacio: mi cuarto. Este es el lugar donde sueño por las noches, descargo mis furias y entre cuatro paredes puedo explorar un mundo nuevo. Mi cuarto es muy pequeño, tiene el tamaño de la mayoría de las habitaciones convencionales de las construcciones modernas. El piso de mi habitación es de cerámica blanca, como el de toda la casa, mis paredes están pintadas de color amarillo pálido que combinan con los rayos del sol que entran por la ventana al atardecer.


Mi cuartito solo tiene una ventana de tipo francesa, con vidrios polarizados. A través de ella puedo ver el tejado de las otras casas y un pequeño espacio del patio trasero de mi casa y de la del vecino. Sobre ella se encuentran colocadas unas cortinas traslúcidas de color vino, que flaquean por las noches al entrar el viento y por la mañana dejan entrar la luz del sol.


De bajo de la ventana está mi cama, justo al centro de la habitación. Sobre ella, hay ahora un cobertor color rosado y las almohadas, rellenas de algodón, con sobrefunda blanca. Al verla provocan ganas de dormir y al recostarse sobre ella, sientes una paz y tranquilidad indescriptible. Junto a mi cama está una mesita blanca donde puse una lámpara pequeña y, con su luz, por las noches, pretendo ahuyentar los fantasmas que se esconden en el ropero por el día y salen a molestarme por la noche.


Frente a mi cama está el ropero blanco de metal. Cuando sus puertas corredizas están cerradas mi cuarto se ve ordenado, pero cuando ves su interior te das cuenta del desorden que hay dentro de el: entre la ropa sucia, los zapatos regados y los libros desordenaos. El ropero es enorme, abarca toda la pared, empieza tocando el piso y por pocos centímetros el techo. A su derecha, solo sobra el espacio de la puerta.


Mi puerta es de madera, pintada de color blanco, y atrás de ella están pegadas las fotografías de mis amigas y papelitos de colores con frases que escribo para sentirme mejor. Cuando cierro la puerta me dejo envolver en un mundo diferente. Dentro del lugar más silencioso de la casa, me encuentro a mí misma; soy libre de hacer y pensar lo que quiera. Al abrir la puerta y entrar en mi cuarto lo primero que veo es mi reflejo en el espejo del tocador, que está justo al lado izquierdo de mi cama.


Mi tocador es de madera color café oscuro tiene cuatro gavetas donde guardo mis cartas, trabajos, los pijamas cuadriculados y la ropa de cama, respectivamente. Sobre él se encuentra mis perfumes, mis cremas y tazas grandes, como en las que tomamos café, donde guardo aretes y pulseras. Existe un espacio pequeño en el cual puedo, a veces si mi cuarto no esta desordenado, recostarme sobre el piso y ver el cielo falso donde pegue unas estrellas que brillan en la oscuridad, ver los zapatos del día anterior bajo mi cama y sentarme a llorar si es necesario.


Mi caja mágica, como llamo en ocasiones a mi habitación, es el lugar donde escondo mis pasiones, mis angustias y encierro mis miedos, donde hablo horas por teléfono. Mi caja posee un olor a perfume de vanilla, que me pongo por las mañanas, es un lugar acogedor por el día, pero con un ambiente pesado por la noche y, a veces, lo siento vacío. Por eso me gusta tenerlo desordenado; para no sentirme sola.

¿Tenis o tacones?



Angie estas a punto de casarte y ¿aún sigues pensando en que zapatos utilizar? Desde niña he tenido un grave problema con mi forma de vestir, ser o actuar, pero siento que todo se rigiera por los zapatos que tengo que ponerme cada día. Mi madre siempre me ha criticado por vestir como chico y no como chica. Además, ¿utilizar tenis todos los días no es nada malo o si?



Es difícil pensar como un par de zapatos te hacen ver diferente pero ese nos es el verdadero problema, veamos más allá. Angie era una niña bastante rebelde porque no seguía las reglas de casa, aún con sus cortos siete años siempre asombraba a sus padres con las frases y reflexiones que decía cuando la regañaban. Un día su madre le regaño por no ir a la fiesta de cumpleaños de un amiguito con vestido y zapatillas de charol, luego le dijo que debía aprender a vestir como una niña, ella inmediatamente contesto lo siguiente: “mami si ya tengo siete años y hasta ahora no me habías criticado tanto. Además, hay niños en el mundo que se quieren morir porque mucho los regañan”.



Después de esto su madre no volvió a decir nada y ella muy contenta siguió los días de su vida pensando que como las mujeres son débiles es mejor aparentar fuerza en la forma de vestir. Cuando llegó a la adolescencia las amigas la criticaban mucho, así que decidió solamente tener amigos. Ahí conoció a Carlos un chico despistado, tímido pero de buenos sentimientos.

Con el pasar del tiempo, ella se dio cuenta de que él no la criticaba, la quería por ser lo que era: Angie. Todo se fue dando poco a poco pero el trauma de su niñez no lo superaba. Entonces heme aquí, una chica de 26 años graduada de Lic. Ciencias del deporte, maestra de educación física en una escuela de mi barrio. A punto de casarme. ¿Cuál es el problema?



Mi madre ha comprado unos hermosos zapatos para mi boda, unos tacones blancos de charol y mi novio me ha regalado unos tenis color blanco perla. ¿Qué zapatos usare en mi boda? Solamente faltan 7 minutos para salir de esta habitación hacia el altar de la iglesia. Estoy totalmente sola, el maquillaje está listo, algo no muy normal en mí, el vestido largo que mi abuela me regaló por que ella no pudo casarse con mi abuelito. Un moño grande como el de las quinceañeras. ¿Pero y los zapatos, porque me complica tanto la vida escoger los zapatos?, me pongo unos, luego otros y no decido por cuales.



Los tenis definitivamente me harán sentir cómoda pero que pensará la gente si mi vestido se mueve y se ven mis zapatos. Los tacones me harán ver erguida como toda una mujer. ¡Esto es desesperante! ¡He tomado una decisión!



Angie caminó al altar y todos miraban sus pies para ver qué zapatos utilizaba. Su madre, muy atenta, la miró y echó una sonrisa tímida. Al llegar al altar, Carlos susurró a su oído:” ¡Hoy te ves hermosa y aunque no hayas utilizado ninguno de los zapatos, me encantan tus uñas de color blanco perla!